Esta entrada va dedicada a nuestro último viaje. El que sin ninguna duda ha sido el mejor viaje de mi vida.
La noche anterior al viaje no pude dormir, me sentía como un niño esperando la llegada de los reyes. Era como ese niño que quiere dormir para que pase más deprisa la noche, ese niño que todos hemos sido alguna vez y al que los nervios no le dejaban dormir tranquilo. Aunque tarde o temprano todos caíamos y a la mañana siguiente madrugábamos como ningún otro día del año para ir al salón a ver las enigmáticas cajas envueltas en papeles brillantes y coloridos.
Bueno, voy a centrarme que ya escribiremos otro día sobre la noche de reyes.
Nos levantamos muy pronto. A las 7.00 de la mañana despegaría nuestro avión, dejaríamos Madrid desde la T4. No se realmente si éramos conscientes de que cuando volviésemos a pisar tierra estaríamos casi en Agrabah.
Fue un viaje largo, sin anécdotas importantes, duró 8 horas, pero como siempre se nos pasaron volando. Aterrizamos en Jordania, en el Aeropuerto Internacional Reina Alia.
Allí pudimos vislumbrar el desierto, pero no era nuestro desierto, en este desierto hacía demasiado calor, la arena y el polvo se quedaban pegados en el sudor de la cara y el cuello, nos bebimos el agua demasiado deprisa y comenzamos a tener la garganta seca.
La luz nos impedía ver mas allá. Pero no importaba, esto aún formaba parte del viaje.
Nosotros íbamos a un lugar mucho mejor.
Desde el aeropuerto nos llevaron en unos jeeps hasta las afueras de la ciudad, el ruido de los coches, los aviones y la multitud de la ciudad se apagaba silenciosamente. Admito que el recorrido en jeep si fue divertido, aunque aún mastico trocillos de arena por la noche.
Nos bajamos del jeep, y nos dejaron solos. Allí había dos camellos, bueno en realidad no eran dos camellos eran los mejores camellos de toda Jordania.
Los dóciles animales fueron nuestro transporte durante el resto del día, seguían un rumbo fijo, con un paso ni demasiado lento ni demasiado rápido, la brisa que acariciaba nuestras mejillas era reparadora. Poco a poco el sol fue cansándose de estar arriba y comenzó a descender, cuando nos quisimos dar cuenta una luz rojiza bañaba unas dunas de una arena cada vez mas suave.
Oscurecía y nos encontrábamos en mar de arena, un gigantesco desierto de arena blanca que ondulaba un paisaje cada vez mas paradisiaco. Hicimos un alto en el camino, nos acabamos el agua de nuestras cantimploras, nos descalzamos y enterramos los pies en la fina arena, nos hacía cosquillas, era una sensación muy agradable. No podíamos perder mucho tiempo y nos volvimos a montar en los camellos. Un lugar increible nos esperaba.
Al fin llegó el ocaso, ante un sol prácticamente desaparecido proyectábamos unas sombras casi infinitas a nuestra espalda. A la izquierda se imponía una gran roca, era inmensa y parecía haber sido dibujada por una mano gigantesca.
La luz era ya hechizadora, como si alguien jugara con el sol intentado crear algo nuevo y distinto, un atardecer diferente a todos los demás. Los camellos parecían caminar al unísono, ascendieron una última duna cuya cima desde abajo parecía inalcanzable. Justo en la cima, el horizonte se fue descubriendo y vimos algo que ha día de hoy sigo pensando que fue un espejismo.
Agrabah surgía delante de nosotros.
El paisaje era maravilloso, el cielo parecía haber sido degradado desde un color cobrizo en la parte superior hasta un morado que se mezclaba con las sombras de las montañas que rodeaban la pequeña ciudad. A lo lejos y justo enfrente de nosotros se alzaba un majestuoso palacio árabe, era blanco y tenía al menos ocho torreones, muchos de los cuales estaban adornados con cúpulas y ventanas doradas que brillaban con los últimos rayos del sol. A los pies del palacio real, se extendía como una alfombra, una ciudad rebosante de vida.
Los tejados eran superficies planas, limpias y brillantes.
Un eje central marcaba un pasillo que se habría paso desde lo que parecía ser la puerta de Palacio hasta la entrada a la ciudad.
Los camellos parecían haberse contagiado de nuestra alegría y bajaron trotando la colina.
La entrada a la ciudad estaba marcada por un pequeño arco que hacía de puente entre dos torreones. Allí pudimos ver al primer mercader, que parecía volver a casa tras una dura jornada de trabajo. Era mas bien bajito, rechoncho, con la nariz y el mentón muy marcados, un pelo rizado y oscuro bien recogido bajo un gorro, dejaba intuir una gran alforja a su espalda.
Era como un sueño. Los camellos se adentraron en el inmenso corredor que atravesaba la ciudad, detrás del primer arco se escondían multitud de puentecillos, toldos y lonas que iban de una casa a otra. Seguramente sería para que los habitantes se escondieran del sol durante el día.
Llegamos hasta una pequeña plaza donde los camellos pararon, había dos grandes pilones de agua junto a unos montones de paja, entre los que había más animales descansando.
Muchas ventanas dejaban escapar un baile de luces producido por las velas que iluminaban los salones familiares y las corrientes y brisas tan agradables que corrían por las calles.
En la pequeña plaza había una terraza, no había apenas gente, las únicas personas eran un delgado fakir, casi desnudo, solo tenía un pequeño calzoncillo blanco que parecía un pañal y un gran turbante alrededor de la cabeza con el que podría haberse vestido de haberlo querido. Intentaba escupir fuego o algo parecido y unos entusiasmados niños que se habían congregado a su alrededor le vitoreaban y aplaudían.
Nos sentamos a cenar en la terraza, el viaje nos había dejado muy hambrientos.
La mesa era pequeña y de madera, estaba fresquita, nos sentamos y un hombre regordete con cara de bonachón nos trajo: unas velas, una ensalada de dátiles, un Nesteá, un bodegón de frutas con: piña, uvas, fresas, plátanos, manzanas... y lo que parecía ser un gran helado.
Todo estaba delicioso en especial el inmenso helado de vainilla, no sé, si era por el entorno, el calor que habíamos pasado ó alguna clase de hechizo, pero tenía un sabor muy intenso, era dulce, especiado, frío y cremoso al mismo tiempo.
Terminamos de cenar, pagamos demasiado poco por el manjar saboreado y el hombre se despidió con una pequeña reverencia, para a continuación desaparecer en el interior de su pequeño local.
Sin darnos cuenta la noche se había apoderado de Agrabah, el paisaje urbano estaba muy lejos de parecerse a cualquier otro. Las calles blancas, parecían azuladas por el reflejo de la luna, sobre las puertas de madera y ventanas salían luces amarillentas que transmitían el calor hogareño de las casas.
La temperatura había bajado, tenía algo de frío porque me había dejado la sudadera en el camello, pero no importaba porque mirase donde mirase quedaba impresionado por tanta belleza.
En algunas calles se amontonaban pequeñas montañas de tinajas y recipientes de todos los tipos y formas.
Anduvimos por una de las calles y vimos que a lo lejos se vislumbraba un camino de luces, debía ser el camino que llevaba a palacio y cruzaba la ciudad, era mas largo de lo que parecía desde lo alto de la colina.
Había lámparas de aceite encendidas a ambos lados dando un aspecto de majestuosidad al corredor.
En la calles perpendiculares danzaban algunas ropas que los ciudadanos habían olvidado después de tender. Dibujaban sombras que de ser reales podrían habernos llegado a dar realmente miedo.
Recuerdo también los barriles apilados en una de las esquinas. Esos barriles que usamos como escaleras improvisadas. Al principio nos dio un poco de miedo pero después nos dimos cuenta de que sería mas fácil seguir subiendo que bajar, pues algunos estaban ya viejos y crujían tras varias pisadas. Llegamos a uno de los tejadillos y nos sentamos.
Había unas vistas estupendas. El palacio, al fondo, parecía tener luces en los jardines y en los torreones, en el cielo estaban las estrellas, la luna se había escondido tras una nube y la paz y la tranquilidad inundaba toda la ciudad. Se oían algunos grillos y un núcleo de voces que parecían venir del bazar.
Agrabah al igual que el mundo se había modernizado y el bazar estaba abierto a altas horas de la noche.
No hablamos, no nos hacía falta. Parecías entretenida con las luces y sonidos de la ciudad.
Yo solo te miraba a ti. Me humedecí los labios disimuladamente con la lengua y me acerqué a ti. Inclinamos la cabeza y nos besamos. Primero casi con miedo, después con mas intensidad, hasta que nuestras lenguas se tocaron. Fue increíble y dedicimos pasar allí la noche.
Por la mañana, el calor del sol en la cara nos despertó, nos pusimos en pie y nos dirigimos al bazar.
El bazar era tal y como lo imaginábamos. En una pequeña plaza y a lo largo de una de las calles se extendían multitud de puestos y tiendas. Las tinajas, barriles y toldos de la noche anterior parecían haberse multiplicado. Los mercaderes vestían muy parecido, parecían llevar una especie de uniforme, aunque unos tenían largas barbas y otros pequeños y casi ridículos bigotes, todos ellos tenía un pequeño gorrito sobre la cabeza. Algunos mas extravagantes llevaban turbante y largas sábanas que caían sobre sus hombros.
Había que desayunar y al primer mercader que nos ofreció fruta no le costó mucho convencernos.
El desayuno estaba servido, era un melón, estaba muy dulce y nos apagó la sed de inmediato.
La gran mayoría de puestos ofrecían vasijas de plata, cachimbas, collares, cofres, amuletos y otros piezas de metales brillantes.
Los frutos secos, y las frutas también abundaban los higos, pistachos, dátiles y sandías, que junto a las especias y los té, conferían a la plaza una aromática atmósfera en la que de nada servían los perfumes occidentales.
Recorrimos la calle principal y llegamos hasta las puertas del palacio, eran inmensas y un arco rojo las enmarcaba haciéndolas aún mas impresionantes. Dos guardianes de piedra con forma de león protegían la entrada. El olor a jazmín de los jardines, sobrepasaban los altos muros de palacio y cercaba la residencia del sultán. El resto de la tarde la pasamos paseando por el laberinto de calles que había en aquella ciudad.
Los dos pensábamos que ojalá no se tuviera que acabar nunca este viaje, no queríamos terminar de compartir el maravilloso e infinito momento que estábamos viviendo.
viernes, 4 de junio de 2010
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creo que deberia ir de viaje contigo!! Increible! Me encanta!
ResponderEliminarGracias por compartir tu historia. Ha sido muy interesante ^^
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